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MI OPINION QUE NO LE INTERESA A NADIE

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MI OPINION QUE NO LE INTERESA A NADIE

MI OPINIÓN SOBRE VENEZUELA, QUE NO LE INTERESA A NADIE

Que Maduro es un dictador ya no debería discutirse. Que en Venezuela los derechos humanos no están garantizados desde hace años, tampoco. Y que el daño cultural, social y económico que el régimen le provocó al pueblo venezolano no tiene parangón en la región es un hecho que excede cualquier debate ideológico honesto.

Dicho esto, conviene no perder de vista algo que a muchos les incomoda: Estados Unidos ha apoyado y fomentado dictaduras de todo tipo en todo el mundo. En América Latina sobran ejemplos. El Plan Cóndor, con el respaldo explícito o tácito de Washington, fue responsable de dictaduras sangrientas en Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, Bolivia y Chile. Nada de eso ocurrió por amor a la democracia.

A diferencia de otros presidentes norteamericanos, Donald Trump tuvo al menos la honestidad brutal de decir lo que le interesa: el petróleo. No la libertad del pueblo venezolano, no los derechos humanos, no la democracia. El negocio. Que las empresas de su país puedan entrar, explotar el recurso y garantizarse control estratégico. Todo lo demás es relato.

Por eso también se cae, como el propio apellido del dictador, el discurso del “narcoestado”. Hace poco, el ex presidente de Honduras, preso por narcotráfico, fue indultado por el presidente de Estados Unidos. ¿La explicación? Quienes gobiernan hoy Honduras pertenecen al mismo partido político. Son amigos. Palabras más, palabras menos.

La ONU, cada vez más desdibujada y decorativa, también aclaró que no existen pruebas concluyentes de que Venezuela sea un narcoestado, del mismo modo que nunca existieron pruebas de armas de destrucción masiva en Irak. Y, sin embargo, Irak fue invadido. Porque Saddam Hussein ya no era útil. Ya no era aliado.

Entiendo, sin juzgar, a los venezolanos que celebran la caída de Maduro. Si tuviste que huir de tu país, reconstruirte en otra cultura, dejar afectos, familia, bienes y memoria, ¿cómo no vas a festejar? El problema es confundir ese desahogo legítimo con la idea de que lo que hizo Trump está bien. Entre una cosa y la otra hay una distancia enorme.

Hoy el régimen venezolano sigue con los mismos métodos, las mismas lógicas y las mismas caras, solo que sin Maduro. ¿Cuál es la diferencia real? Que ahora serán obedientes con el Tío Sam. Que entregarán recursos, concesiones y lo que haga falta a cambio de sostenerse en el poder. El festejo es comprensible; la ilusión, peligrosa. Cuando baje la euforia, muchos se van a dar cuenta de que nada cambió.

En Argentina opinamos sobre Venezuela según nuestra grieta doméstica. El kirchnerismo, en su mayoría, es incapaz de reconocer que Maduro es un dictador y que Maduro no es Chávez. El antikirchnerismo, con tal de no quedar “de ese lado”, celebra que una potencia extranjera usurpe el poder de un país hermano, sin importar leyes, tratados ni soberanía. El razonamiento es idéntico al local: si la corrupción fue durante el kirchnerismo, “bien presa está”; si es durante Milei —fondos para personas con discapacidad, negociados financieros o criptomonedas—, se mira para otro lado.

Mi opinión, esa que no le interesa a nadie, es que el mundo avanza hacia esas películas futuristas de distopías que ya no parecen tan distópicas. Un mundo donde los fuertes siempre tienen razón y donde los débiles aplauden a los fuertes creyendo que así van a pertenecer. Sin darse cuenta de que el poderoso nunca los va a ver como iguales. Porque ser desclasado es justamente eso: creer que estás adentro cuando siempre vas a estar afuera.

LUCIANO SORANI