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APERTURA DE SESIONES 2026 EN SANTA CRUZ: LAS CONTRADICCIONES DEL DISCURSO DE CLAUDIO VIDAL

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APERTURA DE SESIONES 2026 EN SANTA CRUZ: LAS CONTRADICCIONES DEL DISCURSO DE CLAUDIO VIDAL

El gobernador Claudio Vidal inauguró el período de sesiones ordinarias con un discurso extenso, estructurado y atravesado por una idea central: ordenar Santa Cruz después de años de desorden. La sesión se realizó en el Centro Polivalente de Artes, con un auditorio amplio, prolijo, cuidadosamente dispuesto. Pero antes de que comenzara el mensaje ya había un dato político imposible de ignorar: el vicegobernador Fabián Leguizamón no estuvo presente. En los pasillos se habló de malestar, de incomodidad, del acuerdo de Vidal con una parte del kirchnerismo que durante años fue señalado como responsable del deterioro provincial. La ausencia fue tan elocuente como los gestos que vendrían después. Al finalizar el acto, los abrazos efusivos con Daniel Peralta y Rocío García dijeron más que mil palabras. En política los gestos no son inocentes. La eventual ruptura entre Leguizamón y Vidal será tema de otro día. Pero el clima del acto dejó en claro que el discurso de orden convive con tensiones que no se pueden disimular.

También hubo otro detalle difícil de pasar por alto: buena parte del público que escuchaba la descripción de la “herencia devastadora” estaba compuesto por funcionarios que ocuparon cargos durante las gestiones de Alicia Kirchner y Daniel Peralta. Muchos de ellos hoy integran el esquema político que sostiene la actual administración. La narrativa del pasado oscuro pierde contundencia cuando el presente está lleno de protagonistas que formaron parte de ese pasado.

Si un extraterrestre hubiese descendido en el Centro Polivalente y escuchado el mensaje sin contexto, habría pensado que el gobernador asumió hace apenas unos días. Que todavía está tomando contacto con la magnitud del problema. Pero ya transcurrieron más de dos años de gestión. Y cuando un gobierno lleva dos años, el diagnóstico deja de ser herencia y pasa a ser responsabilidad.

El discurso volvió a apoyarse en una estructura conocida: antes hubo corrupción, desidia y estructuras vaciadas; ahora hay planificación, control y eficiencia; el futuro será productivo. Servicios Públicos fue presentado como símbolo del desmanejo histórico. La Caja, como un sistema desfinanciado por otros. La Justicia, como una trinchera que frena el cambio. El problema es que ese esquema funciona bien el primer año. Repetido, pierde potencia. Porque ordenar no es describir el caos anterior. Es mostrar resultados actuales.

Vidal colocó nuevamente a la educación en el centro del modelo productivo. Enumeró reparaciones, inversiones en calefacción, incrementos salariales. Sin embargo, la provincia no cumplió con la meta de 180 días de clases y quedó por debajo de la media nacional. Parte de esa situación respondió al conflicto docente, pero otra parte significativa tuvo que ver con deficiencias en la planificación del mantenimiento escolar. Escuelas que no estaban en condiciones al inicio del ciclo, sistemas que volvieron a fallar, obras que se ejecutan contra reloj. Si la educación es el corazón del proyecto, el corazón todavía late con dificultad. No alcanza con detallar cuánto se invirtió; la pregunta es si el sistema funciona con previsibilidad. Y la previsibilidad sigue siendo frágil.

En salud el tono fue ambicioso. Modernización, centralización de compras, reorganización estructural, transformación digital. Pero la escena cotidiana es más áspera. Hospitales con faltantes de insumos, dificultades para cubrir guardias por ausencia de profesionales, prestaciones que no se realizan por carencias básicas. La Caja de Servicios Sociales continúa arrastrando problemas de cobertura real. Afiliados que denuncian límites en la entrega de medicamentos en farmacias. Pacientes oncológicos que peregrinan para conseguir tratamientos esenciales. La salud no se mide en anuncios de licitación; se mide en acceso efectivo. Y hoy ese acceso no es uniforme ni está garantizado para todos.

En materia de seguridad, el gobernador destacó operativos y estadísticas de intervención. Sin embargo, Santa Cruz atraviesa uno de los momentos más complejos en materia de homicidios y hechos delictivos de los últimos años. La violencia dejó de ser un episodio excepcional y pasó a ocupar agenda recurrente. La percepción social no se construye con partes de prensa sino con la experiencia diaria. Cuando la inseguridad es conversación permanente en cada barrio, el discurso optimista se vuelve endeble.

Hay además un patrón que atraviesa todo el mensaje: la responsabilidad final siempre está en otro lado. La herencia. La Justicia. El municipio de Río Gallegos, señalado nuevamente como explicación central de desajustes previsionales y financieros. La herencia es un argumento válido el primer año. En el segundo empieza a agotarse. En el tercero se convierte en narrativa defensiva. Gobernar es asumir que el presente ya no es responsabilidad de quienes se fueron sino de quienes están.

El discurso plantea una transformación estructural, casi una revolución productiva. Pero las revoluciones no se declaman; se perciben. Se perciben en salarios que superan la línea de pobreza y no en sueldos congelados. Se perciben en hospitales que no suspenden prestaciones. Se perciben en escuelas que cumplen el calendario completo. Se perciben en índices de criminalidad que bajan y no que se sostienen en niveles preocupantes.

Por ahora, el relato es sólido. La realidad, menos. Y en política hay una regla sencilla: cuando el relato se distancia demasiado de la vida cotidiana, la vida cotidiana termina imponiéndose.

No alcanza con decir que Santa Cruz puede.
Hay que demostrar que Santa Cruz está mejor.