MUCHO DISCURSO, CERO RESPUESTAS: EL GOBIERNO SIN PLAN SALARIAL
EL “NO ANUNCIO”: VIDAL, LA EMERGENCIA Y UNA REALIDAD QUE YA NO SE PUEDE TAPAR
El Gobierno habló. Pero no anunció.
Después de varios días cargados de expectativa, versiones cruzadas y clima de crisis, la conferencia del gobernador terminó dejando más certezas que soluciones. No hubo recomposición salarial, no hubo medidas de fondo y tampoco apareció un horizonte claro. Lo que sí quedó expuesto fue el problema.
Claudio Vidal volvió a poner sobre la mesa la emergencia económica. Otra vez. Ya no como una herramienta excepcional, sino como parte del funcionamiento habitual del gobierno. Una carta que aparece cada vez que la situación se tensiona y que, en los hechos, termina funcionando como una forma de administrar la crisis sin resolverla.
En ese mismo marco, dejó un dato que por sí solo explica gran parte del escenario: más de 5.000 empleados públicos tienen comprometido hasta el 75% de su salario en deudas.
No es un número más. Es la radiografía de un sistema que dejó de cerrar.
Porque cuando un trabajador cobra pero prácticamente no puede disponer de su sueldo, el problema ya no es financiero. Es estructural.
Y sin embargo, frente a ese cuadro, la respuesta no fue una mejora salarial. Fue otra cosa.
El contraste empieza a ser inevitable. El mismo gobierno que llegó prometiendo orden, eficiencia y el fin de los privilegios, hoy reconoce que no puede recomponer ingresos. Y ahí aparece la pregunta incómoda: ¿cómo una provincia que recibió tres masas salariales, que fue beneficiada por la devaluación, que accedió a adelantos millonarios y que además contó con más de 200 millones de dólares derivados de acuerdos con YPF, hoy no puede mejorar los sueldos?
No es solo un problema de números. Es un problema de decisiones.
Porque mientras se le pide esfuerzo a los trabajadores, el Estado sigue mostrando otra dinámica: viajes internacionales, viáticos, uso de vehículos oficiales sin control y una estructura que, lejos de achicarse, sigue funcionando como si nada pasara.
Ahí es donde el discurso empieza a perder consistencia.
La emergencia, que en teoría debía ser un recurso extraordinario, empieza a transformarse en la normalidad. Y cuando todo es emergencia, en realidad nada lo es. Lo que queda es una administración del día a día, sin capacidad —o sin decisión— de ir al fondo del problema.
El punto es que el tiempo no es infinito. Y mientras la política estira definiciones, la situación social se sigue deteriorando.