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VIDAL FUE POR TODO Y SE QUEDÓ SIN NADA

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VIDAL FUE POR TODO Y SE QUEDÓ SIN NADA

El gobernador llegó personalmente a la Legislatura para intentar torcer voluntades, pero se fue sin la ley de endeudamiento. La derrota dejó expuestas las debilidades de su armado político, la crisis policial y las grietas internas de un oficialismo cada vez más tensionado.

 

No es un secreto que cuando un gobernador decide bajar personalmente a la Legislatura es porque entiende que la situación es crítica. Claudio Vidal lo hizo. Llegó, habló, intentó convencer a propios y ajenos de la necesidad del endeudamiento y apostó buena parte de su capital político a una sesión que terminó convirtiéndose en una señal de alarma para su gestión.

 

Porque más allá del resultado legislativo, lo que quedó en evidencia fue algo mucho más profundo: el Gobierno ya no logra ordenar políticamente una discusión que considera central para su futuro.

 

Vidal eligió poner el cuerpo. Dio un discurso cargado de argumentos, advertencias y apelaciones a la responsabilidad institucional. Sin embargo, si algún diputado llegó a conmoverse durante unos minutos con las palabras del gobernador, bastó escuchar las intervenciones posteriores para recordar por qué existen tantas resistencias al proyecto.

 

Especialmente cuando les tocó hablar a los encargados de defender la iniciativa. Allí aparecieron nuevamente las contradicciones, las dudas y las dificultades para explicar un endeudamiento histórico en una provincia que todavía no tiene respuestas claras sobre el destino de recursos extraordinarios recibidos en los últimos años.

 

La derrota deja además preguntas incómodas dentro del propio oficialismo.

 

¿Qué pasará ahora con Pedro Luxen? El hombre que durante años fue presentado como el principal armador político del vidalismo no logró reunir los votos necesarios para aprobar la herramienta financiera más importante que impulsó el Ejecutivo desde que asumió. En política, los resultados mandan. Y cuando la misión era conseguir los números y los números no aparecen, las responsabilidades inevitablemente comienzan a discutirse.

 

Tampoco sale fortalecido el Ministerio de Seguridad. Mientras el Gobierno intentaba convencer a la oposición y a sectores propios sobre la necesidad de endeudarse, la provincia atravesaba una de las mayores crisis policiales de los últimos años. Un conflicto que lejos de desactivarse sigue creciendo y que ya generó una movilización inédita. El ministro acaba de asumir el control de una situación que, por ahora, parece correr siempre algunos pasos delante suyo.

 

Y como si la derrota legislativa no fuera suficiente, la sesión volvió a exponer otro problema que el Gobierno ya no puede esconder debajo de la alfombra: la creciente distancia entre Claudio Vidal y Fabián Leguizamón. El vicegobernador observó todo con una frialdad quirúrgica. Sin gestos, sin épica y sin involucrarse en una batalla que la Casa de Gobierno consideraba decisiva. Cada día parece más lejos del gobernador y más cerca de construir su propio camino político. En una jornada donde Vidal necesitaba mostrar unidad, la imagen que quedó fue exactamente la contraria: un oficialismo fragmentado, con sus principales figuras mirando la misma crisis desde lugares cada vez más distintos.

 

Y mientras la crisis escala, otros integrantes del gabinete transmiten una sensación preocupante: la de funcionarios que observan cómo el barco entra en zona de tormenta sin mostrar capacidad de reacción. Como los músicos del Titanic, siguen tocando mientras el agua empieza a entrar por todos lados.

 

La sesión dejó una enseñanza política sencilla. Vidal planteó una discusión de todo o nada. Fue personalmente a buscar el triunfo. Pero cuando terminó la jornada se fue sin la ley, sin los votos y con más interrogantes que respuestas.

 

Y en política, cuando un gobernador apuesta todo y pierde, el problema nunca es solamente una votación. Muchas veces, es el síntoma de algo mucho más profundo.