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EL EMPERADOR ESTÁ DESNUDO

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EL EMPERADOR ESTÁ DESNUDO

EL TRAJE NUEVO DEL GOBERNADOR

Por Pepe Sanchez

Hay una vieja historia que cuenta que un emperador caminaba desnudo por la ciudad mientras todos a su alrededor le decían que llevaba puesto el traje más hermoso jamás visto. Nadie se animaba a decir la verdad. Algunos por miedo. Otros por conveniencia. Otros porque ya no distinguían dónde terminaba la realidad y empezaba el relato.

No es un secreto que los gobiernos empiezan a tener problemas cuando dejan de escuchar malas noticias.

Claudio Vidal llegó a la Legislatura dispuesto a jugar una de las partidas más importantes de su gestión. Se puso al hombro un proyecto de endeudamiento por 600 millones de dólares, convocó a una sesión extraordinaria, movilizó funcionarios, activó llamados de último momento y hasta decidió bajar personalmente al recinto para defender la iniciativa. El resultado ya lo conocemos.

Se quedó sin ley. Sin votos. Y, lo que es peor, expuesto. La primera pregunta es brutalmente simple: ¿quién convoca una sesión extraordinaria sin tener garantizadas las manos?

La respuesta parece todavía más preocupante: alguien que cree que si las tiene.

Y ahí aparece la verdadera historia.

Porque durante días alguien le dijo al Gobernador que todo estaba controlado. Que los números cerraban. Que los diputados acompañaban.  Mientras algunos pocos  advertían que los votos no estaban, otros seguían vendiendo optimismo premium. El problema es que la política no funciona con deseos. Funciona con números. Y los números no estaban.

La escena tuvo algo del famoso cuento de Andersen. El emperador caminando orgulloso convencido de que lleva puesto un traje maravilloso mientras todos a su alrededor aplauden por miedo, conveniencia o simple incapacidad para decirle la verdad. Hasta que alguien señala lo evidente. Y el hechizo se rompe.

La Legislatura fue exactamente eso.

Un gobernador convencido de que tenía una mayoría que nunca apareció, un oficialismo que hablaba de consensos después de haber presentado el proyecto porque los consensos no existían, y una oposición que simplemente hizo cuentas.

Vidal también cometió otro error político difícil de entender. Tomó el micrófono y habló como si estuviera en una asamblea petrolera, pero no era una asamblea, era una sesión legislativa, el ámbito donde hablan los diputados. Las formas importan porque también son poder.

Y cuando un gobernador debe bajar personalmente a defender una ley es porque la construcción política previa falló.

La imagen terminó siendo todavía más compleja cuando el cierre quedó en manos de dirigentes que arrastran sus propias dificultades para explicar algunas decisiones y conductas públicas. Mientras tanto, Daniel Peralta hizo lo que hacen los viejos jugadores de la política cuando detectan debilidad.

Jugó.

Y encontró espacios, recordándole al oficialismo cosas que prefería no escuchar, la sesión terminó dejando una conclusión incómoda. El problema del Gobierno ya no parece ser la oposición el problema es la distancia que existe entre lo que ocurre en la calle y lo que algunos le cuentan al Gobernador. Porque cuando todos te dicen que vas ganando y terminás perdiendo por goleada, el problema no está en el resultado.

Está en quién te informó el marcador.