SANTA CRUZ NOS DUELE
Santa Cruz nos duele. Nos duele en silencio, de a poco, casi sin darnos cuenta. Porque lo más grave no es solo el número frío de una canasta básica que en enero trepó a $911.587 y se convirtió en la más cara del país. Lo más grave es lo que empezamos a naturalizar.
Naturalizamos ver gente durmiendo en la calle.
Naturalizamos que haya familias revolviendo basura.
Naturalizamos que ir al médico ya no sea un derecho garantizado, sino una carrera de obstáculos.
Naturalizamos que acceder a una educación de calidad dependa cada vez más del bolsillo.
Eso es lo que duele.
Mientras los informes privados hablan de una brecha de más de $113.000 entre la provincia más cara y la más barata, acá el impacto no se mide solo en estadísticas. Se mide en heladeras vacías. En changuitos cada vez más chicos. En padres que hacen cuentas imposibles a fin de mes.
Santa Cruz encabeza el ranking de precios. Vivir acá cuesta más que en cualquier otra provincia. Y sin embargo, el debate público parece girar siempre alrededor de las internas políticas, de la pelea por espacios de poder, de la discusión judicial, de quién gana y quién pierde en el tablero.
Pero en la calle la discusión es otra.
En la calle se discute cómo llegar a fin de mes.
Se discute cómo pagar un alquiler.
Se discute cómo conseguir un turno médico antes de que el problema sea irreversible.
Se discute cómo sostener la escolaridad cuando el sistema cruje.
Lo más preocupante es que empezamos a aceptar que esto es “lo normal”. Que en una provincia rica en recursos haya pobreza extrema. Que el basural sea una opción de supervivencia. Que la asistencia estatal llegue tarde o no llegue. Que la salud pública esté saturada. Que la educación pública pierda calidad y contención.
Cuando el acceso a la salud deja de ser un derecho y se convierte en un privilegio, algo se rompió.
Cuando estudiar en condiciones dignas depende de cuánto puede aportar una familia, algo se rompió.
Cuando dormir bajo techo ya no es una garantía mínima, algo se rompió.
Santa Cruz nos duele porque la fractura es visible. Porque la desigualdad dejó de ser un concepto abstracto y se volvió parte del paisaje. Porque el changuito más caro del país convive con realidades cada vez más crudas.
Y lo peor que nos puede pasar no es la crisis.
Lo peor que nos puede pasar es acostumbrarnos.
Porque cuando una sociedad se acostumbra a que sus derechos se vuelvan privilegios, empieza a resignar algo más profundo que el poder adquisitivo: empieza a resignar dignidad.