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30 AÑOS BORRADOS DE UN PLUMAZO

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30 AÑOS BORRADOS DE UN PLUMAZO

LA ESPERANZA YA NO ES LO ÚLTIMO QUE SE PIERDE

Más de 30 personas ingresaron el viernes por la noche a la estación EPA en nombre de FOMICRUZ. Tras más de tres décadas, la familia Gómez Drisaldi quedó afuera y nadie sabe qué pasará con los trabajadores. ¿Quién se queda con el negocio y quién se hace cargo de las familias?

No es un secreto que cuando algo funciona en Santa Cruz, tarde o temprano alguien decide cambiarlo.

La estación de servicio EPA de La Esperanza no era solamente un surtidor en medio de la ruta. Era la historia de una familia pionera. La historia de los Gómez Drizaldi, que apostaron por el interior profundo de Santa Cruz cuando casi nadie quería hacerlo. Más de treinta años invirtiendo, trabajando y sosteniendo una actividad esencial en uno de los puntos más estratégicos y aislados de la provincia.

Hoy esa historia quedó en suspenso.

El viernes por la noche, según pudo saber WOU, más de treinta personas ingresaron a las instalaciones en representación de FOMICRUZ para tomar posesión del lugar. La escena generó sorpresa, tensión e incertidumbre entre quienes durante décadas estuvieron al frente del establecimiento.

A partir de ahora, la operación quedará bajo la órbita de FOMICRUZ. Sin embargo, dentro del propio Gobierno ya reconocen que no está descartado que Santa Cruz Puede S.A.U. termine desembarcando en el negocio en el corto plazo.

Pero más allá de quién administre los surtidores, la pregunta de fondo es otra.

¿Qué va a pasar con las familias?

Porque hoy nadie puede responder con claridad qué ocurrirá con los trabajadores que dependen de la estación de servicio. Nadie sabe cuántos conservarán sus puestos, cuántos serán absorbidos por el Estado ni cuántos quedarán simplemente esperando una llamada que quizás nunca llegue.

Y ese es el verdadero problema.

Mientras Santa Cruz atraviesa uno de los peores momentos laborales de los últimos años, las noticias vuelven a repetirse. Primero fue la Proveeduría, con más de veinte familias sumidas en la incertidumbre. Ahora le toca a la estación de servicio de La Esperanza.

La paradoja es evidente.

Cada vez hay menos empleo privado. Cada vez hay menos inversión genuina. Cada vez son menos los que se animan a emprender en el interior provincial.

Y cuando una actividad logra sostenerse durante más de tres décadas, en lugar de fortalecerse termina intervenida, desplazada o absorbida.

La gestión provincial insiste en que la solución es incorporar trabajadores al Estado. Al mismo Estado que asegura no tener recursos para otorgar aumentos salariales acordes a la inflación. Al mismo Estado que mantiene conflictos abiertos con docentes, policías, trabajadores de la salud y empleados públicos.

Entonces surge una pregunta incómoda.

¿No era más sencillo regularizar, controlar y permitir que quienes llevan más de treinta años trabajando siguieran haciéndolo?

¿No era más lógico preservar la experiencia, el conocimiento y los puestos de trabajo de quienes hicieron posible que La Esperanza tuviera combustible cuando muchas veces el resto de la provincia parecía olvidarse de ese paraje?

Porque la experiencia reciente tampoco ayuda a despejar dudas.

Cada vez que aparece un negocio atractivo, una concesión estratégica o una actividad rentable, terminan apareciendo nuevas estructuras, nuevas sociedades del Estado y nuevos administradores.

Por eso en los pasillos del poder ya hay quienes se preguntan si detrás de la salida de los Gómez Drizaldi existe un proyecto más ambicioso. Si Santa Cruz Puede será el próximo actor en desembarcar en La Esperanza. O si estamos frente a otro capítulo donde los negocios cambian de manos mucho más rápido de lo que aparecen las explicaciones.

Lo cierto es que una familia pionera de la actividad de combustibles en Santa Cruz quedó afuera después de más de treinta años.

Y decenas de trabajadores no saben qué será de su futuro.

Porque cuando una empresa desaparece, cuando una concesión cambia de manos o cuando el Estado decide ocupar el lugar de un privado, la discusión no debería centrarse en quién se queda con el negocio.

La discusión debería empezar por quienes quedan en el camino.

Y hoy, en La Esperanza, lo único que sobra es incertidumbre.