En la costa sur de Santa Cruz, donde el continente se recorta frente al Atlántico, los guanacos del Parque Nacional Monte León protagonizan una historia que ahora forma parte del Atlas Mundial de Migraciones de Ungulados. El trabajo, que reúne a 92 científicos y conservacionistas de todo el mundo bajo la coordinación de la Convención sobre la Conservación de Especies Migratorias de la ONU, incluye por segunda vez información obtenida en la provincia.

Emiliano Donadío, director científico de Rewilding Argentina e integrante del grupo de migraciones de ungulados, explicó que este nuevo estudio suma datos sobre los movimientos de los guanacos silvestres de Monte León.
“Los responsables del atlas conocían el trabajo que veníamos haciendo en Santa Cruz, tanto en Parque Patagonia como en Monte León. El año pasado publicamos el mapa de los movimientos migratorios en el noroeste de la provincia, y este año se incorporó el estudio de la costa”, señaló.
Los ungulados son mamíferos con pezuñas —como guanacos, ciervos, tapires, camellos o rinocerontes— que cumplen funciones ecológicas fundamentales: regulan la vegetación, dispersan semillas, transportan nutrientes y forman parte de la base alimenticia de grandes depredadores. “Son herbívoros dominantes, modeladores del paisaje y verdaderos ingenieros de los ecosistemas”, resume Donadío.
El trabajo de campo en Monte León combinó tecnología, precisión y cuidado. Se colocaron collares con GPS y baterías de tres años de duración, bajo la supervisión de un veterinario que controló los signos vitales de cada animal. “Luego se aplica un antagonista de la droga que los inmoviliza, y a los pocos minutos los guanacos se levantan y continúan su vida normalmente”, detalla el investigador.

Los dispositivos registran la ubicación de cada individuo ocho veces al día y envían los datos cada 24 horas a una plataforma satelital, desde donde los científicos pueden construir mapas de movimiento y analizar patrones de migración y uso del territorio.
El análisis reveló que los guanacos de Monte León realizan migraciones parciales, estacionales y altitudinales. “Pasado el invierno, se desplazan desde zonas al noroeste del parque, cerca del río Santa Cruz, hacia áreas más altas del sur, donde los pastos reverdecen. En septiembre y octubre hacen el recorrido inverso, buscando refugio frente al invierno. Pero no todos migran”, explicó Donadío.

El estudio estimó que poco más de la mitad de la población realiza esos desplazamientos, mientras que el resto permanece todo el año en la misma zona. Esa dinámica muestra cómo la fauna responde a los cambios del ambiente, pero también evidencia los límites físicos de la conservación.
“El área de invernada está fuera del parque. Eso demuestra que muchas veces las áreas protegidas no alcanzan para conservar procesos ecológicos tan importantes como la migración”, advirtió.
Otro hallazgo del estudio es que los guanacos evitan cruzar las rutas 3 y 288. “Es un patrón muy claro y todavía no tenemos todas las respuestas. En Parque Patagonia cruzan con frecuencia la ruta 40, pero aquí no lo hacen. El tráfico puede influir, aunque no explica todo. Lo importante es que este tipo de barreras puede afectar mecanismos naturales que las poblaciones necesitan para sobrevivir”, señaló el investigador.
El trabajo también resalta la importancia de las tierras que rodean el parque. “Los animales no conocen límites administrativos: los guanacos usan campos vecinos como zonas de invernada, y en muchas partes del mundo ocurre lo mismo. Por eso es clave trabajar con los propietarios para promover la coexistencia, por ejemplo a través del turismo de naturaleza, que permite generar ingresos mientras se conserva la fauna”, destacó.
Finalmente, Donadío subrayó que este tipo de estudios ofrece una lección clave sobre planificación. “En general, las áreas protegidas se crean de forma oportunista, sin evaluar su forma o tamaño ideal. Eso puede generar desafíos como los que vemos en Monte León. Por eso es tan importante pensar las infraestructuras —rutas, autopistas— de manera que no interrumpan los procesos ecológicos. La conservación, en definitiva, es un trabajo compartido entre el Estado, la ciencia y las comunidades locales”, concluyó.
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