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DEL FEEDLOT AL MERCADO CONCENTRADOR: SANTA CRUZ Y LA POLÍTICA DE LOS ANUNCIOS ETERNOS

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DEL FEEDLOT AL MERCADO CONCENTRADOR: SANTA CRUZ Y LA POLÍTICA DE LOS ANUNCIOS ETERNOS

En Santa Cruz hay algo que nunca entra en crisis: la capacidad política de anunciar proyectos grandilocuentes. Lo difícil, casi siempre, viene después. Que funcionen. Que se sostengan en el tiempo. Que no terminen convertidos en otro cartel oxidado al costado de la ruta o en otra conferencia llena de renders, powerpoints y promesas que duran menos que un acto oficial.

El problema no es anunciar. El problema es el historial.

Porque cuando hoy el gobierno provincial presenta el mercado concentrador como una pieza estratégica para abaratar alimentos, fortalecer producción local y conectar productores con consumidores, inevitablemente aparece una pregunta incómoda: ¿esta vez será distinto?

Y la duda no nace del pesimismo.
Nace de la memoria.

Santa Cruz viene acumulando una larga colección de proyectos productivos, industriales y “estratégicos” que fueron anunciados como el inicio de una nueva matriz económica y terminaron diluyéndose entre subsidios, silencio administrativo o resultados mucho menores a los prometidos.

Ahí quedó la proveeduría provincial, presentada como una herramienta para ordenar precios y fortalecer consumo interno. Ahí quedó también el feedlot, que venía a revolucionar la producción ganadera y terminó desapareciendo del discurso oficial casi con la misma velocidad con la que había aparecido.

Después llegaron las puertas placas, el alimento balanceado, los pellets, la avena, el trigo, los cultivos hidropónicos y hasta el viñedo de Lago Posadas. Todos proyectos anunciados como emblemas de una Santa Cruz productiva que supuestamente iba a dejar atrás la dependencia absoluta del petróleo y del empleo estatal.

La realidad fue bastante menos épica.

En algunos casos los proyectos quedaron a mitad de camino. En otros sobrevivieron apenas como estructura testimonial. Y en varios directamente dejaron de mencionarse una vez apagadas las cámaras y terminados los actos de lanzamiento.

La ironía santacruceña alcanza niveles difíciles de superar. Se hablaba de producción hidropónica mientras seguían entrando camiones de lechuga desde el norte del país. Se prometía agregado de valor, soberanía alimentaria y desarrollo regional mientras gran parte del consumo provincial seguía dependiendo de productos importados desde miles de kilómetros.

Y en el medio aparecieron también las casas tipo container, las represas eternamente demoradas, el show permanente de CEOs petroleros desfilando entre anuncios de inversiones multimillonarias y hasta proyectos como el  “tren de volver al futuro” de Jaramillo y Fitz Roy que algunos mencionan con la misma mezcla de ironía y resignación con la que se recuerdan ciertas promesas imposibles.

A eso se suman experiencias más polémicas, como el esquema de telemedicina impulsado por el gobierno, que lejos de generar consenso abrió dudas sobre costos, licitaciones y prioridades en un sistema de salud provincial que todavía arrastra problemas estructurales muchísimo más básicos.

Por eso el mercado concentrador llega en un contexto complejo. Porque más allá del discurso oficial, lo que empieza a pesar es el antecedente acumulado.

La idea, en términos teóricos, parece razonable: centralizar comercialización, abaratar precios, fortalecer producción local y reducir intermediación. El problema es que Santa Cruz viene escuchando hace años exactamente el mismo lenguaje alrededor de distintos proyectos que terminaron chocando contra la misma pared: falta de escala, costos logísticos imposibles, mercados reducidos y una dependencia estructural del financiamiento estatal.

Ahí aparece la gran duda de fondo.
No si el mercado concentrador puede inaugurarse.
Sino cuánto tiempo puede sostenerse funcionando de manera real, competitiva y eficiente sin transformarse en otro proyecto subsidiado eternamente por el Estado.

Porque inaugurar en Santa Cruz nunca fue el problema.

El problema siempre fue el día después de la foto.