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¿Y DONDE ESTA EL PILOTO?

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¿Y DONDE ESTA EL PILOTO?

Funcionarios del Gobierno salieron esta semana a repetir una misma definición: “Claudio Vidal es un piloto de tormentas”. La frase buscó transmitir liderazgo y fortaleza, pero terminó abriendo una pregunta incómoda: ¿qué clase de piloto es aquel que parece no encontrar el rumbo, no logra leer la brújula y, cada vez que intenta salir de una crisis, termina navegando hacia una tormenta nueva? Entre ironías y humor político, una metáfora oficial que se volvió demasiado tentadora para dejarla pasar.

Por PEPE SANCHEZ

Esta semana hubo una extraña coincidencia en el Gobierno de Santa Cruz. Varios funcionarios salieron a repetir la misma frase, casi como un mantra: “Claudio Vidal es un piloto de tormentas y va a enderezar la nave”.

La dijo Juan Carlos Juárez entre otros. Pero a esta altura ya parece una promoción de una serie de Netflix:

Tiene drama.

Tiene suspenso.

Tiene personajes que desaparecen cuando las cosas salen mal.

Y tiene un piloto que, capítulo tras capítulo, parece no encontrar el rumbo.

Porque a esta altura ya no queda claro si Vidal atraviesa tormentas o si tiene una habilidad extraordinaria para pilotear siempre hacia una nueva.

Sale de una crisis policial.

Entra en una crisis política.

Intenta aterrizar una ley.

Se queda sin pista.

Busca apoyo.

Pierde la brújula.

Y vuelve a despegar rumbo a otra tormenta.

Los funcionarios dicen que es un piloto experimentado.

Pero los pasajeros empiezan a sospechar que la brújula está al revés.

Porque cuando todos esperan que esquive los problemas, acelera hacia ellos.

Cuando necesita construir consensos, choca con la Legislatura.

Cuando necesita ordenar a su equipo, aparecen internas.

Cuando necesita calma, llega una nueva turbulencia.

Y mientras tanto, la tripulación insiste:

“El piloto sabe lo que hace”.

Aunque nadie explica por qué la señal de emergencia lleva encendida tanto tiempo.

La serie ya va por varias temporadas.

En la primera prometieron cambiarlo todo.

En la segunda dijeron que la tormenta era culpa del piloto anterior.

En la tercera aparecieron las peleas internas.

Y ahora, en la cuarta, el protagonista sigue jurando que encontró el rumbo.

El problema es que los espectadores miran el mapa y descubren algo inquietante:

El piloto no parece saber leer la brújula.

Y lo más preocupante no es eso.

Es que los que están sentados a su lado le siguen diciendo que va por buen camino… mientras el barco apunta directo al próximo temporal.

A esta altura, más que un piloto de tormentas, algunos empiezan a pensar que es un coleccionista de tormentas.

Porque no importa hacia dónde gire.

Siempre termina encontrando una nueva.

Pero tranquilos.

Porque, según los funcionarios, hay un piloto.

Pero cuando la cosa salió mal, desaparecieron todos.

El piloto.

Los copilotos.

Los auxiliares de cabina.

Y hasta el encargado de repartir maní.