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SOY PEPE SANCHEZ Y ESTOY DE VUELTA

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SOY PEPE SANCHEZ Y ESTOY DE VUELTA

Dicen que cuando llegan los CEOs de las petroleras a Santa Cruz no hace falta preguntar a qué vienen. No es una visita, es una confirmación. Como cuando uno abre la heladera cada cinco minutos: no espera encontrar algo nuevo, pero igual necesita comprobar que todo sigue exactamente igual.

Esta vez tampoco hubo sorpresas. Bajaron del avión prolijos, tranquilos, con esa serenidad que da saber que el negocio siempre encuentra la forma de acomodarse. En la pista los esperaba Claudio Vidal, que viene desarrollando una teoría interesante: el Estado debe ser eficiente… sobre todo cuando se trata de facilitarle la vida a las empresas.

Se saludaron, sonrieron, hablaron de inversiones. Siempre se habla de inversiones. Es una palabra que tiene la ventaja de que nadie sabe bien cuándo empieza ni cuándo termina. Es como el futuro: siempre está por llegar.

Mientras tanto, en algún lugar no muy lejano —de hecho, bastante cercano— hay empleados estatales que llevan más de cinco meses sin aumento salarial. Cinco meses es un tiempo curioso: no alcanza para que sea escándalo nacional, pero sobra para que empiece a ser problema cotidiano. Es ese punto en el que uno deja de esperar y empieza a acomodarse. A ajustar. A resignarse, que es una forma de organización bastante eficiente.

El contraste no es violento. Es más bien elegante. De un lado, reuniones donde se habla de millones. Del otro, discusiones donde se habla de llegar a fin de mes. No se cruzan, no se molestan. Conviven. Como dos canales distintos en el mismo televisor.

En el medio están los radicales, que parecen haber descubierto recientemente que en el gabinete hay kirchneristas. No es que no estuvieran antes. Estaban. Pero ahora se notan. Es un fenómeno interesante: hay cosas que existen desde el primer día, pero necesitan tiempo para volverse visibles. O convenientes.

Algunos empezaron a tomar distancia. No mucha, la justa. Como quien se corre un poco en una foto grupal por si después hay que recortarla. El argumento es serio: diferencias políticas, incomodidades, valores. Todo eso que en política suele aparecer cuando lo otro ya no alcanza.

Lo curioso es que nadie parece especialmente sorprendido. Tal vez porque en Santa Cruz las cosas no cambian tanto como se reacomodan. Los nombres circulan, las posiciones se alternan, las explicaciones se actualizan. Pero la lógica… la lógica es bastante estable.

Los CEOs se fueron con promesas, el gobierno se quedó con las fotos y la gente con las cuentas. Cada uno con lo suyo. Sin conflictos aparentes.

Porque si algo tiene este esquema es que funciona. No necesariamente para todos, pero funciona. Y en política, a veces, eso alcanza. O al menos se parece bastante.